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martes, 4 de enero de 2011

Los papeles de Walsh: crítica a la conducción de Montoneros





Por: Hugo Montero, Ignacio Portela

Durante los últimos meses de su vida, Rodolfo Walsh ocupó parte de su tiempo en expresar críticas y una salida alternativa a la conducción de Montoneros. Enemigo del triunfalismo, el escritor manifestaba la gravedad de la situación con una lucidez que no compartía la dirección de la organización. Papeles urgentes que tenían como objetivo evitar el aniquilamiento de sus fuerzas, la lectura de los documentos revelan la coherencia y el compromiso de un revolucionario que intentaba comprender la raíz de una dolorosa derrota.
Nota y entrevistas: Hugo Montero e Ignacio Portela

1. Estaba solo. Sentado en un banco del Jardín Botánico. En camisa, con el saco en la mano. La mirada perdida en el cielo gris, que apenas dejaba filtrar unos rayos tibios de sol. En silencio. No había, a su alrededor, más que algunos gatos perezosos y el regular murmullo de los pájaros. Solo. La mirada perdida. El rostro marcado por la tristeza. Era a finales de 1976, cuando un amigo reconoció a Rodolfo Walsh sentado en un banco del Jardín Botánico. Había pasado lo de Paco. Había pasado lo de Vicky. Quizá, también, lo de Pablo y Mariana. Rodolfo Walsh estaba encerrado en su laberinto interior, de cara al cielo, cuando un amigo lo vio mal, “con una cara un poco desencajada”, diría después. Quiso acercarse, hablar con él, pensó en caminar hasta la esquina y meterse al Botánico por Malabia. Pero no se animó. “Me arrepentí. Me dio miedo”, contó, años después. No eran tiempos sencillos aquellos, cuando los encuentros casuales en una esquina podían resultar peligrosos.(1) Rodolfo se quedó solo. Con el gris marcado en los ojos, buscando un resquicio de sol entre tantos nubarrones.
2. Las primeras semanas después del golpe habían sido devastadoras para la organización. El cerco se estrechaba desde el interior hacia Buenos Aires, y la garra criminal de los militares parecía capaz de aniquilar cualquier estructura clandestina. Un día uno, al día después otro, los compañeros faltaban a las citas, se ausentaban de las reuniones, se esfumaban sin dejar rastro. Las caídas se sucedían y no había respuestas. La efectividad de los grupos de tareas en su faena asesina no dejaba célula de pie. Para octubre de 1976, el Consejo Ejecutivo Nacional de Montoneros había girado un extenso informe sobre resoluciones tácticas y estratégicas a cumplir por la militancia en sus frentes de trabajo.
En el detallado documento, se destacaba el fracaso del gobierno militar en su intento de apertura hacia los partidos políticos, la profundización de contradicciones internas en el seno de las Fuerzas Armadas y la carencia de reservas estratégicas del enemigo para persistir con la represión contra las masas y su vanguardia.
Sin embargo, y a pesar del diagnóstico optimista con respecto al desarrollo de una dictadura que contaba con la iniciativa táctica y un “claro avance militar” sobre las fuerzas propias, la conducción montonera aprovechó el informe para admitir problemas y fallas a nivel político y militar. “Las insuficiencias en la política de poder para las masas, el déficit de propaganda, el aparatismo, el militarismo y el internismo nos han impedido capitalizar hasta el momento, la hostilidad popular hacia la dictadura para convertirla en acumulación de fuerzas”, señalan como eje de la autocrítica. Un elemento recorre y se repite en cada página del informe: el “internismo”. La conducción evidencia en este aspecto una clave de la situación actual de sus fuerzas, a la vez que se hace eco y responde propuestas y críticas deslizadas por un sector de la organización. La Columna Norte, más precisamente, había insistido en su idea de descentralizar la organización y distribuir las finanzas en cada regional, para intentar preservar a los cuadros ligados a la militancia de base; aquellos más expuestos ante la represión. La respuesta fue exactamente lo inverso: centralizar aún mas el mando sin otorgar autonomía táctica y personificar la conducción a nivel popular bajo la consigna: “Firmenich conduce la resistencia”. Asimismo, también desaconsejaba suponer que el aparato partidario era “un espacio seguro para el repliegue del conjunto de las fuerzas propias” y recomendó para la preservación de la militancia “la mimetización en los niveles sociales más numerosos”. La propuesta era confundirse con la población a través de un mecanismo sencillo: “La pregunta que debemos formularnos para resolver cada uno de estos problemas es: ‘¿Cómo resolvería un obrero común esta situación?’...”
Este informe es el que provocaría la respuesta por escrito de Rodolfo Walsh (entonces Oficial 2° y encargado de tareas en Prensa e Inteligencia en Montoneros), a partir de la discusión en su ámbito de militancia. Fueron, en total, cinco documentos críticos enviados a la conducción nacional, con una distancia de seis semanas entre el primero de ellos, fechado el 23 de noviembre de 1976; y el último, del 5 de enero de 1977. A lo largo de esas seis semanas, los informes que después recibirían el nombre de Los papeles de Walsh, van agudizando la crítica desde resoluciones tácticas particulares y el señalamiento de diferencias con respecto a ciertas visiones estratégicas, hasta plantear de forma concreta una línea alternativa a nivel político para preservar a la militancia; además de proponer cambios en la estructura interna de la organización con el objetivo de evitar el aniquilamiento y buscar las raíces de los problemas que determinaron una lectura equivocada de la realidad por parte de la conducción. Si el primero de los documentos se plantea como un aporte a la discusión en el ámbito partidario, en el último se especifica que las divergencias y las dudas manifestadas no deben entenderse “como una forma de cuestionamiento, sino de diálogo interno”.
¿Se tratan, en definitiva, de documentos de ruptura? ¿Supo interpretar Walsh la opinión y el sentir de una porción importante de la militancia de base montonera? ¿Los papeles de Walsh constituyen un esbozo de plan alternativo del escritor, más allá de cuestiones tácticas; en oposición a la estrategia de la conducción nacional? ¿Generaron estas críticas el debate interno que pretendía provocar entre los militantes de la organización? ¿Respondió la conducción a las críticas allí expuestas? Esos han sido, a lo largo de décadas, algunos de los interrogantes que generó Rodolfo Walsh con sus aportes críticos en tiempos de un cerco criminal que se estrechaba cada día un poco más. Su validez, en todo caso y como primer aspecto a resaltar, no radica en la exactitud o no de su caracterización de la etapa o en la eficacia (incomprobable, por otro lado) de sus propuestas concretas para preservar a los cuadros; sino en la valentía y la coherencia de intentar ofrecer otra opción. De frente a una catástrofe a nivel nacional (y también personal), Walsh intentó “politizar” sus diferencias con muchas decisiones tomadas por la conducción y provocar un debate en tiempos en que cualquier diferencia era señalada como desviación; toda crítica, una tendencia a priorizar el “internismo” y cualquier duda, como signo inequívoco de debilidad ideológica.
3. En la primera de las críticas al informe de la conducción, Walsh reconoce coincidencias parciales con las rectificaciones allí expuestas, señala aciertos en algunos planteos y lo considera “un avance significativo para el conjunto”. También deja entrever su optimismo con respecto a las perspectivas de la lucha contra la dictadura: “Si corregimos nuestros errores volveremos a convertirnos en una alternativa de poder”.
Sin embargo, ya en el inicio de sus observaciones, especifica que las rectificaciones “son solo parciales” y que corresponde ahora “una autocrítica profunda sobre los errores que nos condujeron a la actual situación”. A partir de entonces, Walsh señala como primer punto, evitar confundir la situación política de entonces con una guerra colonial, como las desarrolladas por chinos o vietnamitas, donde la unidad del pueblo con su vanguardia surge de hecho, ante la amenaza del invasor externo: “Nosotros en cambio tenemos que empezar por ganar la representación de nuestro pueblo a partir de los elementos con que contamos”.
En segundo lugar, señala como falencia de la organización la decisión de abandonar la lucha interna dentro del peronismo para priorizar la estrategia militar por encima de la política y para dedicar la atención “a profundizar acuerdos ideológicos con la ultraizquierda”...
La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº65-Diciembre 2007


sábado, 12 de diciembre de 2009

El sueño piquetero de Darío Santillán




Por: Martín Azcurra

En pocos años, un simple pibe de barrio atormentado por las injusticias sociales encarna el sueño de otras generaciones. ¿Qué dejó y qué tomó para emprender ese camino? ¿Cómo era el trabajo cotidiano detrás del piquete? Una historia de vida y militancia como otras, que nos muestra que la mecha revolucionaria sigue encendida.


1. Mientras tarareaba una canción de Gilda, Teresa escuchó los murmullos de una multitud que se acercaba por una calle lateral. Con sus tímidos 27 años, se sumó excitada a la creciente movilización que poco a poco se convirtió en pueblada en la lejana Cutral-Có. Una represión es una ráfaga. Nadie sabe de dónde viene, quién da la orden, ni cómo terminará. El tiempo ingresa en un agujero negro. Cuando la niebla de los gases empieza a oler a pólvora agria, es el momento de correr. Los pocos que logran vencer el miedo y mantener la calma aunque sea unos segundos evitan desmanes y tragedias. Así fue que vieron a Teresa agarrarse el cuello con las dos manos. Y aunque lo intentaron, no pudieron evitar que se fuera. ¿Cómo se planifica un asesinato político? El cadáver de Teresa cayó en el límite entre el miedo y la furia. Cuando su nombre empezó a flamear sobre cientos de hombres con dignidad, algún funcionario de traje y corbata se rascó la cabeza huesuda y pensó que algo había salido mal.
Recuerdo que, por esa época, los talleres industriales del conurbano bonaerense se cubrieron de polvo. Hombres duros caminaban sobre una tierra árida. Pequeños grupos barriales, todavía con la inocencia democratista de los noventa tuvieron que poner otro cajón de madera en la ronda para un vecino más sin trabajo. Y otro al día siguiente.
En ese tiempo, con unos compañeros periodistas y militantes barriales de la zona sur hicimos una agencia popular de noticias. Después de presenciar enormes asambleas de obreros en las puertas de una fábrica cerrada en Florencio Varela, nos encontramos con grupitos de desocupados de Solano, que discutían qué hacer antes: si pedir trabajo o cambiar el sistema. Uno de los primeros grupos que recuerdo se llamó Teresa Rodríguez, fue un germen (y una mecha) de organizaciones sociales de nuevo tipo que se formaron en el Gran Buenos Aires en la última década.
2. Darío estaba escribiendo “Hermética” con una birome en el pupitre cuando su mente empezó a conspirar contra la directora de la escuela. Con algunos compañeros, llegaron al Centro de Estudiantes y tenían la pretensión de cambiar las cabezas de los alumnos sumisos. Su madre, enfermera de una enorme vocación de servicio, había fallecido hacía poco. Un barrio de trabajadores humildes forjó sus códigos y su solidaridad de clase, que poco a poco fueron mutando en acción revolucionaria. El motor fue el mismo de todos, la crueldad cotidiana a la vuelta de la esquina. En su pieza de sueños infantiles, circulaban ahora libros sobre luchas latinoamericanas y voces de fantasmas. Ahora pienso que un gran error de los milicos fue no permitir la sepultura de las víctimas, porque todavía siguen dando vueltas entre nosotros, desvelándonos con un gran sentimiento de injusticia. Una noche, en una peña, Darío recibió el traspaso de mando. Con un vino de por medio, como agua bendita, el viejo militante le había depositado su herencia, con la energía reparadora que se traga en el exilio. Y justo cuando le habían empezado a causar gracia las discusiones estériles con la directora de la escuela, emergía un nuevo actor en las luchas sociales que atrajeron toda su atención.
Como fuego, otra pueblada hizo temblar el país. En medio de una protesta en la ruta nacional 34, un policía uniformado se acercó al piquete, se corrió el protector del casco y disparó en el rostro de Aníbal, un obrero padre de cinco hijos. Los pobladores de Mosconi y Tartagal no lo podían creer, ni tolerar. Tomaron la comisaría, la empresa de luz, la municipalidad y el diario local. Vacías y con las puertas abiertas, las casas evidenciaban bronca e indignación. El pueblo entero subía, pisando fuerte por el valle, hacia las rutas ensangrentadas. Los ecos de su paso indignado llegaron hasta el corazón de Buenos Aires y le dieron identidad a una nueva fuerza social de la que Darío no quiso estar al margen. La Coordinadora Aníbal Verón crecía al calor de los piquetes y las tomas de tierras.
No bastaron las comodidades que le ofrecía su padre para que se quedara en casa; Darío dejó todo por el MTD de Lanús y se sumó a la toma de seis hectáreas abandonadas del barrio La Fe, en Monte Chingolo. Pensaba instalarse junto con su hermano Leo y contribuir desde allí al fantasma de la revolución social que se acercaba presuroso desde el interior. Noche y día, aguantó tormentas, calor agobiante, chapas que se volaban a mitad de la noche, riñas por el pan y la leche, y sobre todo la espesa tensión por el desalojo inminente. Por todo lo que era Darío, fue el vocero de los pobladores...
(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº85 - Diciembre 2009)

viernes, 6 de noviembre de 2009

Ernest Hemingway en Cuba




Por: Martín Azcurra

Un escritor se hace combatiente y espía. Viaja por el mundo, pero amarra su alma inquieta en las costas cubanas por más de veinte años. Atraído por la pesca, hace de la isla su hogar. De su encuentro con un pueblo noble, surgen relatos de pescadores diminutos contra peces gi ...gantes. Así percibe la tensión con su país cuando estalla la revolución, que apoya abiertamente. El gobierno de Estados Unidos lo obliga a volver. ¿Suicidio o crimen político? Fidel, que se inspira en su novela sobre la Guerra Civil Española para enfrentar a Batista, lo reivindica por su audacia. En esta nota, un Hemingway que quiere cambiar el mundo con un bote y un sedal. Habla desde La Habana, Ada Rosa Alonso, directora del Museo Ernest Hemingway. “Su puntería es increíble”, piensa Ernest al verlo con la palomita rabiche en una mano y la gomera en la otra. “¡A que tú no matas la que está en esa rama!”, lo arenga. Entusiasmado, el joven de ocho años que luego fuera su niño-perro (recolector de pichones, “en el mejor sentido de la palabra”) la voltea tan rápido que tiene que correr para atajarla antes de que toque el suelo. Hemingway, cuyos dedos solían oler a pólvora, practicaba tiro en el Club de Cazadores del Cerro. Con el tiempo, Fernandito Núñez se haría cargo del cuidado de sus armas. “Pueden usarlas otras personas aquí, si tú lo decides, pero que nadie sepa que son mías”, le indicaba Pa.Diez años después, un grupo de moncadistas de tímida barba ingresa al club y se topa con Núñez. “Muchacho, ¿nos prestas un par de rifles nomás para practicar? Cualquiera está bien para nosotros”. Se llamaban Fidel Castro, Abel Santamaría, Pedro Miret, Oscar Alcalde, y estaban entrenando, con otros, para los asaltos de Santiago y Bayamo. “No apuntes nuestros nombres, por favor”. A Fidel, Fernandito le da “la Yegua”, una escopeta calibre 12 de dos cañones, la preferida por Hemingway.No será la única vez que se encuentren los destinos de estos dos gigantes. En su época de estudiante, a Fidel le comentan que un buen narrador americano había escrito una novela sobre la Guerra Civil Española llamada Por quién doblan las campanas. Cuando la lee, su cabeza, que ya estaba elucubrando nuevas estrategias de guerra popular, se proyecta hacia la Cuba libre. “Trataba de un grupo de guerrilleros y me pareció muy interesante, porque Hemingway hablaba de la retaguardia que luchaba contra un ejército convencional. Puedo decirle que esa novela de Hemingway fue una de las obras que me ayudó a elaborar tácticas para luchar contra el ejército de Batista. Nosotros nos encontramos (...) luchando contra un ejército relativamente moderno que tenía un control absoluto de las armas. Los métodos que otros hombres usaron para resolver aquel problema nos ayudaron considerablemente a intuir cómo hacerlo...”, confiesa Fidel en una entrevista realizada por Frank Markiewiesz y Kirby Jones en 1976.¿En qué se parecen estos dos hombres, que nunca llegaron a ser amigos? Ambos, de niños, cazaban con gomera, pescaban peces de colores y jugaban con soldaditos de plomo. Más tarde, los dos se zambullen en el curso de la historia, descubren el poder de la acción, toman partido y arriesgan la vida por algo.Cuando la revolución cubana empieza a tomar un carácter socialista, Hemingway, que vivió en Cuba por más de veinte años, es forzado a regresar a su país. Ya no puede izar las velas del Pilar para buscar algún pez aguja, ni puede encontrar otro buen lugar para escribir. Es la muerte del escritor y del personaje. Se cruzan allí las dos teorías: la del héroe cansado y del escritor acabado. Su depresión aumenta porque los movimientos de espías federales a su alrededor lo vuelven loco. Una tarde, en el restorán donde solía almorzar con su esposa, pregunta: “¿Esos quiénes son?”. Mary le responde: “Son vendedores”. Hemingway gruñe: “Son del FBI y esta vez no fallarán”. Al regresar, no dice una sola palabra. En su habitación, tiñe el cielo de su boca con una escopeta Boss, calibre 12, comprada en Nueva York.Toda Cuba se conmueve. Fidel levanta el puño y aclama: “Este ha sido el mensaje de Hemingway que hemos tenido presente aquí en Cuba, en medio de una Revolución. Nos ha acompañado en momentos cruciales y muy difíciles... Nosotros hemos sido vulnerables y hemos estado expuestos durante décadas a la destrucción, pero las frases convertir el revés en victoria y podrán destruirnos mil veces, pero nunca vencernos, han sido nuestras consignas y gritos de combate en los últimos años... Hemingway tenía toda la razón: Un hombre puede ser destruido, pero jamás vencido. No fue otro el mensaje que captamos. No ha sido otro el reclamo de los hombres que han luchado en todas las épocas y de su literatura”.
La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº 84 - Noviembre 2009